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domingo, 9 de septiembre de 2012

Cambios para un nuevo mundo

Uno de los cambios fundamentales que Internet ha provocado es precisamente el de difuminar o subvertir la dicotomía existente y, hasta hace poco incuestionable, de autor-editor. Una misma persona puede ser capaz de aunar los dos roles en uno solo, sin necesidad de un intermediario. El autor puede ahora autoeditar sus propios textos, vídeos o imágenes, buscar su público y conversar directamente con él. 

Además, gracias a Internet tenemos a nuestra disposición una cantidad ingente de información y conocimiento en diversos formatos, lo que posibilita no sólo que millones de personas desde cualquier lugar del mundo tengamos acceso a ellos, los podamos compartir y difundir, sino lo más importante: la lógica de la web 2.0 nos permite también transformar, manipular, modificar, remezclar,… todo ese conocimiento.

Internet también ha facilitado el trabajo colaborativo entre varias personas en espacios y tiempos distantes, que hace que se difumine aún más el concepto de autoría en sí mismo.

Todo ello hace que se cuestione la validez de ciertas imposiciones, como la del derecho de autor, concebidas para un mundo analógico, el “viejo mundo” como lo bautizó Casciari, que quizá podían tener algún sentido entonces, pero que han quedado obsoletas en el mundo que ahora habitamos, donde imperan otras lógicas y prácticas.

Ante los cambios, como ya sucedió con la proliferación de imprentas a partir del siglo XV, siempre hay tendencias que abogan por el inmovilismo, normalmente provenientes de aquellos que pretenden mantener sus privilegios y que normalmente lo hacen, además, motivados por el miedo a perderlos, y otras que se suman a las posibilidades de creación y experimentación que traen los cambios.

miércoles, 13 de abril de 2011

innovación consciente, consumo inconsciente

A partir de la Revolución Científica del siglo XVII que descubre cómo descubrir, la nueva rutina es la innovación, la transformación constante, y la idea de cambio va afianzándose cada vez más. Al institucionalizarse la ciencia y el método científico, se institucionaliza también ese proceso de cambio. La humanidad ya no innova azarosamente, como hacía con anterioridad, sino que innova voluntaria y conscientemente.

En consonancia, la sociedad, el individuo, se prepara para la adaptación, para el cambio, para el movimiento. Como escribía Paul Valèry, "la interrupción, la incoherencia, la sorpresa, son las condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan (...) de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados (...). Ya no toleramos nada que dure".

Del mismo modo, la actual revolución científico-técnica, ha generado a su vez una sociedad dispuesta y preparada para asumir esos cambios, una sociedad neofílica que no sólo acepta, sino que busca el cambio proactivamente, y cuyo hábito fundamental no es el mantener hábitos y rutinas, sino el hábito de cambiar de hábitos.

Si vivimos en una sociedad del conocimiento, no es menos cierto que al tiempo estamos insertos en una sociedad de consumo, como la caracterizó Baudrillard en su célebre obra.

El consumo se convierte en la principal forma de integración social y tras la II Guerra Mundial gana en sus dimensiones simbólicas, pasándose de la necesidad al deseo, estimulando la demanda tanto como antes se producía la oferta por medio sobre todo de la publicidad y la obsolescencia del producto.

La sociedad de consumo más que innovar desde el punto de vista científico y tecnológico, produce objetos. Objetos a los que se les despoja tanto de su valor de uso como de su valor de cambio y que se convierten en signos. La relación no se establece entre producción y necesidades, sino entre generación de deseos y posesión de objetos-signo.

Consumir significa, sobre todo, intercambiar significados sociales y culturales, por lo que sólo en un sistema que se organiza sobre la significación social, apoyado en los objetos, se puede entender la muerte moral de éstos, es decir, su obsolescencia, antes que su muerte material.
Esta sumisión del objeto al signo es el elemento central del consumo, puesto que los signos se manipulan por la publicidad y tienen una lógica propia: no satisfacer completamente la necesidad y dejar siempre abiertas las puertas al deseo.